Se necesitaba de una idea estructural acorde a las imposiciones que indica la categoría del acontecimiento. Y eso estuvo presente ayer en el Ellis Park.
Porque Diego Armando Maradona dejó pasmado a más de uno al expresar una estrategia que potenciara las virtudes del colectivo, regulara las intenciones adversarias y encima situara a Lionel Messi a su entorno más provechoso.
Pero esa sorpresa aumentó hasta límites insospechados al ver que todo eso funcionó bien, y en algunos casos hasta más aún.
Los quince días de encierro en Pretoria marcaron la histeria generalizada por la desinformación y el ocultamiento, lo que condujo al irremediable mecanismo de los supuestos y sus conjeturas que de allí surgieran.
Un primer elemento significativo fue la pseudo confirmación del entrenador de que Carlos Tévez era de la partida. Por consiguiente, desestimado quedó el inamovible 4-4-2 con totalidad centrales en la última línea.

Ahora bien, al momento de despejarse el enigma, la segunda instancia debía ser su constatación al rodar la bendita Jabulani. Y...
Adentro Carlitos entonces, Jonás pasó al lateral derecho y Messi quedó con todo el frente de ataque a su merced, como le acostumbra ofrecer el mismísimo Barcelona.
Cinco minutos bastaron para certificar que la elección fue la correcta, aun con el flamante “4” mirando desorbitado. Porque la valía del intento tuvo su rédito en la muestra de Lio como el mejor jugador del equipo, como hace rato no se veía.
Debía contener las subidas de Obinna, un delantero devenido a volante por izquierda, quien se lanza sin obstáculos y lastima. Pero el sueco Lagerback también jugó sus fichas y puso a Ogbuke pegado a Jonás, lo cual causó dos sucesos: el ex Vélez evidenció sus deficiencias para marcar y la carencia de oficio para ubicarse, en tanto también se limitó su recorrido y el esperado arrojo suyo para sumarse al ataque quedó frustrado.
Frente a ello, Verón y Tévez ocuparon espacios libres delante del Galgo y la dificultad disminuyó, más aún después de que el DT de Nigeria se decidiera a sacar al número 19 (sobre el minuto 60), aunque antes la Brujita ya se había hecho cargo de la cobertura sobre la banda derecha, estableciendo un 4-3-1-2.
Sí, aunque usted no lo crea, ese perjuicio producto de la apuesta de Diego, lo que conlleva buenas y malas claro está, fue el único gesto imperfecto de un planteo que quedó a amplia distancia de sus no tan viejos ademanes.
Porque, encima, el desarrollo ante Nigeria tuvo sus lógicos traspasos de dominio, acrecentado, a su vez, por la falta de concreción de Argentina. Por lo cual, el dibujo estructural debía verse alterado obligatoriamente.
Fue entonces que, sobre la media hora del tiempo final, Maxi Rodríguez sustituyó a Verón, y los nombres mismos rubricaron una consecuente adulteración de un esquema que daba sustanciales respuestas positivas.
4-1-3-2 fue la resultante, con Mascherano en soledad sobre el centro de la cancha y por delante de los defensores; Maxi-Tévez-Jonás (pasó al medio y cambió de banda, reafirmando su versatilidad) le dieron el equilibrio necesario para balancear la defensa y el ataque, y sobre todo porque no hubo resignación cualitativa en la ofensiva (Milito entró por Higuaín).
Por ende, la idea se aplicó con justeza, hasta cuando ingresaron los relevos, lo que aparenta un engranaje aceitado que da los avales precisos para decir que Diego mostró sus credenciales.
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